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Festival Clásicos en Alcalá: música y teatro para el solsticio de verano

Actualizado: 9 jul




En la cargada tarde de domingo, la luz pasó a tiniebla. Del plácido sesteo vespertino, cruzamos el umbral que separa nuestro mundo de otros y atacamos, sin ánimo de redimirnos, la danza de la muerte, que en los círculos artísticos bien se conoce como la Danza Macabra. Una obra que Camile Saint Saëns pensó para reivindicar la llegada del averno y que la Banda Sinfónica Complutense interpretaba sin premura, degustando cada fraseo. El maestro Carlos Ramos, como un jinete venido del más allá, condujo una indómita cabalgadura que, sin llegar al galope, descorría los jirones de la noche y enaltecía el trasfondo lúgubre de la velada. Los instrumentos iban coreografiando cada uno de los bailes; y los ritmos de zozobra que resonaban por todas partes, acrecentaban el sentimiento de orfandad. La muerte lo iba inundando todo, la muerte era la auténtica protagonista de la acción y ya se había hecho presente antes de que saliera Fernando Cayo al proscenio.


La lucerna en el Patio de Santo Tomás permitía otear un horizonte vertical desde el que colgaban las nubes sobre la mágica luz de la luna llena de San Juan. Los cipreses, mudos protagonistas de la historia de la Universidad de Alcalá, oteaban el horizonte y bendecían con su espesura, la propia espesura de la noche. Acallada la música, se presentaba Fernando con su elocuencia y la verdad de la palabra, agitando las conciencias y haciendo verso de la prosa y prosa con el verso. En su erudita majestad, exponía la trascendencia que dieron los clásicos a la muerte: desde el arcipreste de Hita hasta nuestro coetáneo Javier Gomá. Magnífico prólogo para una de las obras cumbre de nuestra literatura y magnífica interpretación de un hombre que llenaba la noche con su sola presencia.


Antes de acometerse las Coplas a la Muerte de su Padre de Jorge Manrique, retornaron el sonido de los instrumentos de viento de dos formas distintas: mediante un trío de capilla que se asemejaba a un grupo instrumental que acompañaba a los recitadores del renacimiento y el barroco (clarinete-oboe-fagot); y en gran formato, en el que la banda interpretó la primera sinfonía de Robert W. Smith titulada la Divina Comedia. En ambos casos, la música guiaba al texto y el texto guiaba a la música en un equilibrio perfecto que transitaba de lo emocional a lo narrativo.


Este diálogo entre música y texto dramatizado se mantuvo durante el completo recitado de las coplas y la música fue adoptando distintos planos que evocaban el infierno, el purgatorio, la ascensión y el paraíso. Música y poesía se sucedieron en una perfecta simbiosis en la que la calidad armónica y la calidez interpretativa dieron rienda suelta a las mayores cotas de entendimiento artístico sobre el escenario. El texto fluía con la música y la música apoyaba el dramatismo del texto. Pocas veces asistimos a un espectáculo tan trascendente y tan mágico que deambulaba entre lo sonoro y lo narrado. La muerte era el hilo conductor que unificaba todo y todos así todos lo entendimos:


“Y aunque la vida murió,nos dejó harto consuelo su memoria.”






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